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Asphodelus cerasiferus y Asphodelus fistulosus (abozos)

Los abozos son atrevidas liliáceas que ocupan los chesos en torno al Pueyo. 
El caminante los observará de dos portes bien distintos. Una especie, el Asphodelus cerasiferus,  con hojas anchas y largas, aquilladas, formando una mata en la base de la que surgen las varas floridas, con las flores bien apretadas. Este es el auténtico abozo.  El otro, Asphodelus fistulosus, de porte más fino, menos crecidas las varas y con hojas también largas pero engrosadas y huecas (fistulosas), llamado gamoncillo, nombre que viene del común castellano gamón, aplicado a este tipo de plantas.
Flores de Asphodelus fistulosus
A ambos se les denomina abozos por estas tierras,  o gamones en el general castellano. Aunque también, según cita Chesús de Mostolay en su obra "El aragonés en el Somontano de Barbastro", se llaman abozos a los lirios silvestres. Todas tienen en común presentar sus  flores  en varas. 
Asphodelus cerasiferus en las proximidades de Valcheladas
Son más comunes los abozos de porte grande, A.cerasiferus. Si continuamos el camino y  rodeamos el Pueyo por el Este o por el Sur veremos ocupar los terrenos áridos con predominio de yeso. Su raíz, al ser de gruesos rizomas, bastante enterrados, está bien protegida por lo que resiste muy bien incendios y quema de rastrojos. En cambio A.fistulosus son bastante escasos  de ver, aunque los tenemos bien placenteros en las cercanías de la ermita de S. José, 


Lo más llamativo de los abozos son, sin duda, las flores. Dispuestas de manera vertical y alterna, con los estambres largos en donde las anteras quedan colgantes, bien separadas de la parte femenina de la flor. Estos dos caracteres, verticalidad y separación de los estambres del estigma , parece una disposición adecuada para favorecer la polinización cruzada entre distintos pies, y reducir el porcentaje de autopolinización. 
Observamos que las ramas duran mucho tiempo en floración , de manera que, al madurar de abajo hacia arriba, nos encontramos a veces los frutos globosos en la base de la rama, mientras todavía están abiertas algunas flores o incluso en la cima algún blanco capullo sin abrir. 

Flor de Asphodelus cerasiferus
De los abozos hay noticia de uso en medicina popular. Sus raíces, que son tóxicas tanto para consumo humano como para el  ganado, eran cortadas en fresco y aplicadas sobre eczemas, verrugas y durezas. Las hojas se recogían tiernas, para darles de pastura a los cerdos. Además de estos prosaicos usos, merece recordar el uso que les daban los niños. Nos recordará una época en la que los niños estaban más "asilvestrados" y menos "electrificados". Así José Vicente Ferrández, en un libro que ya cité hace días, nos contaba que en Lagunarrota cantaban los críos "Baja, baja, canaleta, con la punta la escopeta, que tu padre está en la huerta empinando la boteta", al tiempo que tiraban los lulos del abozo al tejado y esperaban que éstos calleran, y que por esta razón eran llamados "canaletas", "cancanaleras" y caí-caí en los diversos pueblos de la redolada. Puestos a elegir prefiero esta cándida imágen a aquella que recrearon los versos de Homero, cuando describe el reino de Persefone, el Hades, como una llanura cubierta de asfodelos por donde moran las almas de los muertos, y es que esta planta tenía un significado funerario en la grecia clásica, de donde nos viene su genérico adoptado por los botánicos.

Paisaje vegetal del río Vero

La Asociación Cultural Castillazuelo, editora de la revista  “ro Zimbeller de Castillazuelo", que nace dos veces al año, ha tenido a bien pedirme un artículo sobre el río Vero y su vegetación. Como quiera que no es posible incluir muchas fotografías en el artículo de la revista, les propuse a los editores complementar la versión impresa con una publicación en este blog en el que se pudiesen ver fotografías de las especies citadas,con el deseo de que así se difunda entre el público general los valores naturales de este río. El resultado es lo que sigue, un poco largo si lo comparamos con lo que es habitual en este blog, pero que no representa ni la décima parte de las plantas que podemos encontrar en el curso bajo del Vero. Alguna vez ya he tratado aquí plantas que completan la presente introducción a la flora del Vero, y espero en el futuro seguir completando esta nómina.


Toda población es afortunada cuando un río la atraviesa y enriquece su paisaje. Castillazuelo ha sabido poner en valor su emplazamiento con los caminos que le acercan al río y a los paisajes que en él se forman.Hacia el norte el camino ras Vals lleva a la vecina Pozán y se adentra en espacios donde el río Vero se ensancha.En  ros Gorgos ras Ollas el río excava en las areniscas consolidadas, gira y se retuerce formando badinas profundas donde se guarecen barbos y madrillas.Desde Castillazuelo hacia el sur, en el camino a las ruinas de El Poyet y hasta Barbastro, el caminante descubre pasajes sombreados y encajados, amplias riberas donde se asentaron gravas y arenas fluviales.Todavía más al sur, poco antes de diluirse las aguas del Vero en el río Cinca, el caminante ve cómo las aguas cortan las blancas colinas en terreno de yesos para al fin atravesar extensos guijarrales.
Las características geológicas y climáticas condicionan el desarrollo de una vegetación específica.  El río Vero no es homogéneo, bien al contrario, muestra marcadas  diferencias en los relieves de sus orillas, la composición de su suelo, la exposición al sol. La observación atenta le permitirá al caminante  descubrir estas variaciones y cómo la vegetación se adapta creando diferentes paisajes.

 Los principales  constructores del paisaje vegetal del río Vero son el chopo (Populus nigra) y el sauce (Salix alba). Ellos son los que en el máximo de proximidad al lecho del río forman un bosque de galería que, si bien es muy estrecho, sigue el eje fluvial en la mayor parte de los tramos. La sauceda y la chopera forman el paisaje más característico allí donde la ribera se mantiene alejada de las labores del hombre y donde un alto grado de humedad está garantizado.


De manera secundaria otros árboles, como son el álamo temblón (Populus tremula), el fresno (Fraxinus angustifolia) y el chopo blanco (Populus alba) aportan matices a este bosque de galería. Los dos primeros abundan más en las proximidades de Barbastro, allí donde el ambiente es más fresco y sombrío, no en vano estos árboles tienen querencias montanas. El chopo blanco se aleja más del cauce, busca suelos mejor drenados y mayor insolación.  Bajo esta arquitectura arbórea un cortejo de arbustos completa este paisaje boscoso. El cornejo (Cornus sanguinea) es el arbolillo más abundante, sobre todo en los lugares donde el río se encaja entre taludes que producen muchas horas de sombra. Cornejos y espinos blancos (Crataegus monogyna) saturan el aire con el dulce aroma de sus flores en primavera.
Compiten por el espacio y la luz la madreselva (Lonicera etrusca), el aligustre (Ligustrum vulgare) y la hiedra (Hedera helix), ésta última acompañada de su parásito Orobanche hederae vistoso por su abundancia en primavera. 



Todas estas especies forman un sotobosque espeso y enmarañado, que se acentúa cuando dos estirpes de zarza (Rubus ulmifolius y Rubus caesius) cruzan el camino con sus turiones.





















En estos parajes de escasa luz aparecen dos auténticos bejucos: la betiquera (Clematis vitalba) y el lúpulo (Humulus lupulus), que unidos a todas las anteriores especies completan un fantástico paisaje de apariencia selvática. Es en este espacio del río Vero en el que el caminante percibe con intensidad estar inmerso en el denso paisaje vegetal.
 En el nivel inferior de este bosque de ribera, el de las pequeñas hierbas, podremos encontrar un alto número de plantas de bulbo o rizoma, como son varias especies de orquídeas, agrupadas en los géneros Epipactis, Cephalanthera y  Platanthera, algunas rarísimas, otras sólo habituales a mucha mayor altitud; otras hierbas que crecen junto al sendero son la hierba centella (Arum italicum), la rara aristoloquia (Aristolochia paucinervis), el lirio fétido (Iris foetidissima) o la gatarrabiosa (Ranunculus bulbosus).

















































































También abunda Euphorbia amigdaloides, letrera habitual en ambientes sombríos del Pirineo y que crece en abundancia en las umbrías del río Vero a pesar de la diferencia de altitud, como también sucede con Brachypodium sylvaticum, gramínea umbrófila, abundante en este ambiente y que podríamos encontrar también en los bosques de hayas del Pirineo.




















Si el caminante se acerca al lecho del río, especialmente en aquellos lugares donde el agua se manifiesta más feroz en las avenidas estacionales, observará que el paisaje vegetal varía ligeramente y es dominado por los salguerales. Salix purpurea es la sarguera que cubre las cascajeras y retiene las hierbas arrastradas por el río en sus crecidas.La flexibilidad de sus ramas, su porte bajo y la facilidad con que arraiga le permiten sobrevivir a las variaciones de caudal y al ímpetu de las aguas. Le acompaña la tamariza (Tamarix gallica) y el junco churrero (Scirpus holoschoenus). 














































En ocasiones el río traza curvas donde acumula gravas, el bosque se aclara y aparecen espacios más luminosos y caldeados. En los arenales expuestos al sol, la labor fecundadora de las crecidas produce una explosión de vida de pequeñas plantas de ciclo corto como alguna pequeña silene (Silene conica) o el raro Phleum arenarium. También aparecen plantas perennes con diferentes grados de tolerancia a la sequía como los arrocetes (Sedum acre y Sedum sediforme), o más adaptados a ambientes húmedos como los tréboles (Trifolium repens y Trifolium fragiferum) y ranúnculos (Ranunculus repens).














































Personalidad propia tiene la vegetación que ocupa los limos y arenales. En estos barrizales fluviales, las hierbas pejigueras (Polygonum lapathifolium, Polygonum persicaria) extienden sus anchas hojas junto a Bidens frondosa y las colas de caballo (Equisetum arvense, Equisetum ramosissimum). 






Con los tallos en el agua encontramos berros (Rorippa nasturtium-aquaticum) y el apio borde (Apium nodiflorum).

El río, con sus cambios de ritmo, marca la diversidad de sus paisajes. Si en unos espacios pasa veloz, en otros se aplaca. Allí donde el agua es profunda y discurre mansamente el caminante observa extenderse los carrizos (Phragmites australis) y las eneas (Typha angustifolia), espacios donde podremos observar garzas y anátidas a poco que vayamos con sigilo y silencio. 
























En las esperas para sorprender los juegos de la nutria tendremos a nuestros pies prunelas (Prunella vulgaris) o nos agazaparemos tras las altas varas de la yerba tripera (Lythrum salicaria) o del orégano de agua (Eupatorium cannabinum). También el río se encuentra con materiales más resistentes,  talla las areniscas fluviales y forma taludes verticales donde aparece  el culantrillo de pozo (Adiantum capillus-veneris) helecho que hermosea las cavidades horadadas por el río.
























El caminante, de tanto en tanto, se separa del curso del río y contempla paisajes vegetales donde es más evidente el clima mediterráneo. En las zonas más frescas aparecen pequeños bosquetes de quejigos (Quercus faginea). Algunos monumentales ejemplares  encontramos en el camino ras Vals, y definen un paisaje vegetal en el que el sotobosque lo forman matorrales termófilos como es el caso de la zarzaparrilla (Smilax aspera) el boj (Buxus sempervirens) y leguminosas más o menos arbustivas como  Emerus major, Dorycnium hirsutum o Dorycnium pentaphyllum.
























A poco que nos separemos más del influjo del agua, el clima mediterráneo marca la formación de un paisaje vegetal caracterizado por la carrasca (Quercus ilex subsp. ballota) , el chinebro (Juniperus oxycedrus) y el pino carrasco (Pinus halepensis) con su corte de aromáticas (romero, tomillo, lavanda, espliego) y escobizos (Osyris alba).






















Estos matorrales se completan con los aliagares (Genista scorpius, Genista hispanica). Es un paisaje rico en el que son frecuentes las chunquetas (Aphyllantes monspeliensis) y varias compuestas entre las que destacan la hierba pincel (Staehelina dubia) por su delicadeza y Aster sedifolius por su escasez. 





















































Orquídeas de los géneros Ophrys, Epipactis y Limodorum añaden texturas y formas. Los lastones (Brachypodium retusum, Brachypodium foenicoides) así como los cardos corredores (Eryngium campestre) nos recuerdan que, lejos del río, la aridez y el intenso sol marcan este paisaje.























Si el caminante se acerca a la Boquera verá que ahora el paisaje está dominado por los guijarrales fluviales con escasa vegetación arbórea. En este ambiente aparentemente inhóspito es  donde se  forman comunidades abiertas de  Aethionema saxatile, la hierba besquera (Andryala ragusina), la ajedrea (Satureja montana) y rudas (Ruta angustifolia y Ruta campestris). 







































Son plantas humildes de flores discretas. Sólo rompen esta sobriedad los grandes ramos de la corona de fraile (Globularia alypum) y de los conejetes (Antirrhinum majus). 























Antes de cruzar los canales de agua bordeados de masiegas (Cladium mariscus) nos topamos con barreras de emborrachacabras (Coriaria myrtifolia) para después  llegar a los guijarrales cubiertos de tamarices, retamas (Lygos sphaerocarpa) y escobizos (Ephedra fragilis) donde pequeños asfódelos (Asphodelus fistulosus) y artemisias (Artemisia campestris) se esfuerzan por medrar entre un mar de redondeadas y caldeadas piedras.  Son los últimos metros del río Vero antes de unirse al Cinca.